Marie Curie

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Imagina un París decimonónico, donde la ciencia aún coqueteaba con el misterio. El 1 de marzo de 1896, el físico francés Henri Becquerel estaba inmerso en sus estudios sobre la fosforescencia, la capacidad de ciertas sustancias para emitir luz después de ser expuestas a ella. Fascinado por los rayos X que Wilhelm Röntgen había descubierto recientemente, Becquerel se preguntó si la fluorescencia del uranio podría generar una radiación similar.

Su experimento era sencillo: exponer sales de uranio al sol y luego colocarlas sobre placas fotográficas envueltas en papel opaco. La hipótesis era que la luz solar 'cargaría' el uranio para que emitiera estos 'rayos uránicos'. Sin embargo, el destino, o una serie de días nublados, le tenía reservada una sorpresa mucho más profunda. Desanimado por la falta de sol, Becquerel guardó sus muestras de uranio y las placas fotográficas sin exponer en un cajón oscuro.

Cuando días después decidió revelar las placas, se encontró con una revelación asombrosa: las imágenes de las sales de uranio estaban claramente impresas, a pesar de no haber recibido luz solar alguna. El uranio, por sí mismo, emitía una radiación penetrante sin necesidad de activación externa. Había descubierto un fenómeno completamente nuevo, una energía intrínseca de la materia: la radiactividad. Este hallazgo, inicialmente ignorado por la comunidad científica, pronto sería recogido por una joven estudiante, Marie Curie, que lo transformaría en el epicentro de la física moderna.

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