
La ópera de Nueva York estrena su gran escenario
El 22 de octubre de 1883 abrió sus puertas la Metropolitan Opera de Nueva York con Faust, de Charles Gounod. La ciudad inauguró así una institución que convertiría la ópera en uno de sus espectáculos emblemáticos.
El 22 de octubre de 1883, la Metropolitan Opera abrió su primera temporada en Nueva York con Faust, la ópera de Charles Gounod. La sala estaba en Broadway y la calle 39, y su estreno fue una declaración de ambición cultural en una ciudad que crecía deprisa y quería competir también en los escenarios.
La ópera era entonces una forma de espectáculo asociada al prestigio, al gran despliegue vocal y a una audiencia dispuesta a pasar horas dentro del teatro. La nueva institución nació impulsada por un grupo de empresarios y aficionados que buscaban un escenario propio, en parte porque el acceso a los palcos de la vieja Academia de Música estaba restringido por un sistema social bastante poco democrático.
La apertura con Faust conectó el nuevo teatro con el repertorio europeo de la época. La obra mezcla ambición, deseo y consecuencias sobrenaturales; ingredientes que, como sabe cualquier productor, nunca pasan de moda. El estreno no hizo de inmediato de la ópera un entretenimiento masivo, pero estableció una casa que acabaría convirtiéndose en referencia internacional.
La Metropolitan Opera ha cambiado de sede y de escala desde aquella noche. Su historia muestra cómo una institución artística puede sobrevivir a transformaciones urbanas y tecnológicas sin dejar de depender de algo muy antiguo: personas cantando en directo, una orquesta y un público dispuesto a guardar silencio —al menos durante los momentos importantes.
Puente Pop
Moonstruck (1987)
La comedia romántica usa la ópera como parte del paisaje emocional de Nueva York; la apertura del Met recuerda que la ciudad lleva más de un siglo haciendo de la música clásica una experiencia urbana y social.